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 Las súplicas del dragón (Privado)

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Honoo

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MensajeTema: Las súplicas del dragón (Privado)   Lun Jun 27, 2011 11:25 pm

Después de la pelea entre Sacry y la Lihecandi (estos hechos aun no han ocurrido, pero están planeados para que ocurran) Decidí ir al templo Brökkialion, nunca he sido un creyente acérrimo a los dioses, festejando todo en su honor, por lo cuál desde su punto de vista nunca debí de ser alguien importante. Mi vida la había vivido sin ellos, aun siendo finlywe nunca los había tenido muy en cuenta, después de todo, sus manifestaciones en la tierra eran pocas y la vida parecía continuar sin que estos hicieran nada. Existían y todos lo sabíamos, pero muchos acabábamos ignorándolos, yo era uno de ellos, pero algo me hizo ir a aquel templo, tal vez fuera el hecho de que estar en un continente ajeno a punto de conquistarlo me hacía creer que debía ir a aquel templo. No, iba para sincerarme, tal vez iba a hablar conmigo mismo, pero seguro que a los dioses no les importaría mucho que un pobre diablo como yo se pusiera a hablar solo en uno de sus templos.

Había decidido ir, ya que el templo estaba cerca de la localidad portuaria del este de Nivemba a la que habíamos ido a parar Sacry y yo. Los viajes en Nivemba eran muy diferentes a los de Skelris, aquí no importaba la distancia, importaba el camino, yo con suerte había llegado con un clima excepcional para la época, no había nevado y la última ventisca había sido hace varias semanas, aún así el viaje tomó más de lo que en un principio había previsto. Llegué por la noche, el templo se Erguía sobre las tierras heladas de una forma majestuosa. Era un templo bastante grande, no enorme, pero imponente, era de roca, con unas cúpulas enormes. Tenía grandes almenas en sus proximidades, prendidas, haciendo de faro para los viajeros perdidos o cualquiera que quisiera parar a visitarlo. Era esplendido, a medida que me acercaba más me cautivaba, era digno de la casa de un dios…

Al llegar hasta su entrada pude ver unos cuantos guardias, estos vieron que viajaba solo y dos de ellos se acercaron a mi.

Es tarde viajero, ¿qué te trae aquí? Preguntó uno de los guardias.

Como bien habéis dicho soy un simple viajero, solamente busco hablar con los dioses, aunque estos hagan oídos sordos ante mi Respondí al guardia que había hablado.

Me acerqué más en mi montura, no llevaba armas, pues las había hecho desaparecer, aunque siempre podría hacerlas aparecer, pero no me pareció adecuado el ir a un templo armado. Vestía mi kimono, el cuál caía a plomo, no era como el que usaba normalmente, ya que el frío me lo impedía, si llevara un kimono como el que usaba normalmente, ya habría muerto congelado nada más haber estado una hora en el gélido continente.

El guardia me dejó pasar, me desmonté de mi caballo, pudiendo escuchar como crujía la nieve con mis pisadas. Amarré mi caballo en un poste sobre la nieve, fuera del suelo del templo por si el caballo veía oportuno hacer sus necesidades, no estaba bien visto defecar en un templo, algo que entendía.

Pasé por una pequeña puerta que se encontraba en otra mucho mayor. Entonces fue cuando vi la verdadera majestuosidad del templo, era enorme, colosal, mucho mayor de lo que había previsto desde fuera. Estaba iluminado con candelabros y enormes lámparas que colgaban del techo, los candelabros se disponían de forma que avanzaban hasta el altar que había en el templo.

Uno de los guardias me llamó la atención, reprochándome el haber entrado sin limpiarme las botas, tremendo fallo el mío, salí fuera del templo y di un par de patadas al suelo para que la nieve se desprendiera de estas, a continuación volví a entrar en el templo. Era tarde, por lo que no se podía ver a ningún sacerdote cerca, ¿o tal vez eran tiempos en los que la gente había perdido fe en los dioses?

Continué en el templo, andando hacia el altar, contemplando todos los exquisitos detalles del templo. Suelo de piedra y techo de piedra, no tenía decoración y mucho menos una tan arrogante como podría ser el oro, el cuál en algunos templos parecía indicar cuanto se veneraba al dios, este era un templo sencillo pero imponente, sus únicas decoraciones eran las columnas y los arcos, arcos que ya quisieran tener muchos castillos, el templo era una obra de arte esculpida en piedra.

Llegué al altar, un altar que solo tenía un manto blanco sobre él, seguramente los sacerdotes recogerían las cosas de valor por la noche, evitando así cualquier robo. Llegué delante del altar, pero pude ver otra cosa más llamativa detrás de este, una estatua de piedra y metal se alzaba detrás de unas pequeñas verjas que a penas levantaban medio metro, simplemente eran una separación para que la gente no tocara la estatua. No reconocía al personaje de esta, pero era la imagen de un dios sin duda.

Me acerqué a la estatua, bordeando el altar, pudiendo ver que detrás de esta no había una pared, sino una estatua igual a la primera pero en proporciones colosales, mientras una medía como mucho 3 metros la otra levantaba 20 del suelo, era increíble.

Me senté con las piernas cruzadas mirando la estatua, observando todos sus detalles, si así eran como se veían los dioses he de decir que tendrían un buen porte…

En aquel momento recordé que era lo que había ido a hacer en un principio, ya que no solamente había venido por turismo…

Algún dios… por favor que me escuche Empecé diciendo, no tenía miedo ni vergüenza a hablar, ya que las personas que se encontraban más cerca eran los guardias, separados de mi a una distancia considerable y como barrera añadida estaba el portón que estaba cerrado. Supongo que ya sabréis quién soy, nadie más a parte de un loco con sueños de paz… Me gustaría explicaros por qué quiero conquistar estas tierras… Si soy capaz de obtener estas tierras podré estar un paso más cerca de mi objetivo, que no es otro que traer la paz al mundo, ya sé que suena hipócrita por mi parte, traer la paz con la guerra , pero traigo la guerra a estas tierras porque no tengo poder… si la gente supiera de mi fuerza podría hacer que se rindieran sin mostrar batalla, no deseo causarles mal a estos habitantes y más después de haber visto como viven sus días pacíficamente, días normales, sin preocuparse por otra cosa que lo cotidiano Dije haciendo una pausa.

Ni tan siquiera quiero conquistar, no quiero traer más guerra a este mundo que tiene una falsa paz, mientras los gobiernos planean como tirarse al cuello del otro entre las sombras. Esto no es paz, pues todos quieren los terrenos que desearon sus gobiernos antaño. Hasta lo Finlywe desean poseer más tierras en el fondo de sus corazones. Guardianes del equilibrio se hacen llamar, cuando el que posean poder hace que ese equilibrio se vea comprometido…
Yo no deseo tierras, no deseo un poder permanente, no deseo nada, nada excepto una verdadera paz… quiero librar a este mundo de esa sombra, quiero librar a las personas de la oscuridad… quiero traer a la luz a la gente…
En mi mente volvió a dibujarse el rostro de Nausen, mi hipótesis a cerca de que estaba enamorado de ella cobraba fuerza. También hay amor en mis ideales… Existe cierta mujer a la que la oscuridad del mundo la esta devorando... pero aún hay luz en ella, puedo notarlo, sus ojos irradian algo más que odio contra todo, dentro de ella hay luz… tenue, pero existente… Quiero liberarla del miedo que la atenaza, quiero mostrarle que el mal no es nada comparado con la luz, un mal seductor que se encuentra por toda Antilea, un mal que no es nada… ya que la luz también esta presente, en cualquier rincón… yo la he visto… en los corazones de la gente, gente despreocupada, gente sencilla, que vive tranquilamente su día a día. Polo opuesto a la nobleza, que al catar el poder se vuelve ávida de este… No son fuertes… son débiles mortales, débiles mortales que aspiran a más, tanto que al final se olvidan de la luz… la gente… su gente…Una fugaz y pequeña lágrima surcó mi cara, mis palabras eran sinceras… No quiero volver a matar a nadie más en mi vida, no quiero volver a ser un mensajero de la desgracia, no quiero volver a batallar, a dejar que mi espada haga sucumbir a otra alma, he perdido la cuenta de la gente que he matado, no hay mayor pecado que ese Dije arrepintiéndome de mis actos pasados Yo solamente quiero luchar por la paz, pero sin hacerlo, luchar implica destrozar la luz, destrozar las vidas de las pequeñas personas que hacen este mundo mejor Alcé la vista hacia la estatua Solamente quiero la paz, quiero la paz para Antilea, quiero proteger a la gente… quiero protegerla a ella… Sé que para hallar la paz el mundo debe unirse bajo una sola bandera y los gobiernos no querrán perder poder… la guerra es la única solución, una guerra pacificadora… Je Solté por lo bajo, mis palabras eran las de un hipócrita que soñaba con la paz, un hipócrita que al fin se daba cuenta que lo único que había hecho toda su vida era el mal, traer la guerra al mundo sin ninguna razón, con la única motivación del dinero… Era un ser despreciable, pero al menos había tenido la suficiente vista como para ver que lo que había estado haciendo tanto tiempo estaba mal…

Estas tierras… deben ser conquistadas para iniciar el proceso… Creedme que solo quiero traer paz… no quiero levantar mi espada contra nadie de sus habitantes… no tengo derecho a hacerlo… Viven sus vidas tranquilos, no tengo derecho a romper una paz existente por una hipotética… Pero si se rindieran… si no levantaran sus armas, podría llevarse a cabo una conquista sin derramamiento de sangre… Pero para ello tienen que creer que están acabados, que si luchan solo habrá pérdidas… Necesito poder… un poder que no usaré, pero necesito tenerlo… Con él verán que aunque luchen no conseguirán nada… Deben ver lo que yo veo… que la guerra no solucionará nada, pero si la unificación... una unificación que traerá una verdadera paz, una en la que nadie quiere poseer más tierras, porque las tierras ya pertenecen a un solo gobierno…
Daré todo por la paz y por salvar a Nausen… Cualquier cosa… pedídmelo, lo daré…
Mis ojos estaban húmedos y algunas lágrimas cayeron.Me arrodillé, poniendo mis manos delante de mi, apoyadas en el suelo.
Por favor… quiero poder… quiero traer la paz, sin tener que destruir la que hay… quiero proteger a Nausen de la oscuridad, quiero traerla a la luz, pero para ello necesito poder… por favor... Un torrente se abrió en mis ojos, las lágrimas caían sin cesar, lágrimas de impotencia, a las cuales pronto le acompañaron gimoteos…

No sé el tiempo que pasé allí arrodillado, llorando amargamente, hablando solo, pidiendo poder para lograr la paz, hacía mucho que me estaba desmoronando y aquella noche llegó a su punto álgido. Toda mi vida era un pecado, mis manos estaban manchadas por la sangre de inocentes, mujeres, hombres, chavales… Todas aquellas personas que se habían cruzado conmigo en batalla, todas a las que había matado, arrebatándoles la vida a ellos y arrebatando a la gente de sus familiares, sus amigos, su amor… Vivía con dolor… dolor por las acciones que había cometido… Su peso era insoportable… Un peso que me desgarraba por dentro, me destrozaba. Solo podría librarme de él trayendo paz al mundo, en forma de penitencia por mis actos pasados… Solo entonces podría descansar…

Por favor… Volví a pedir llorando.

Esas eran las súplicas de un asesino, un asesino que ahora quería traer paz... que quería librarse de las cadenas que no le dejaban levantar vuelo, arrepentimiento y deseo, deseo de un mundo mejor, otro mundo y al lado de otra persona…
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Drakgex
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MensajeTema: Re: Las súplicas del dragón (Privado)   Mar Jun 28, 2011 1:14 am

Repentinamente las antorchas se apagaron. Los guardias trataron de entrar, curiosos e inquietos por saber lo que sucedía. Sin embargo no les dio tiempo pues el portón del templo se cerró ante sus narices antes de que pudieran dar dos pasos adelante. Los ojos de ambas estatuas comenzaron a brillar con una fuerte intensidad, alumbrando al finlywe Honoo Masamune. Ante él, se hallaba una deidad. Una deidad que, aunque no era visible, estaba allí, y él podía interpretar como que ésta se hallaba encarnada en ambas estatuas. Fue una voz cercana la que le habló, que parecía recordarle a alguien; Una voz que sonaba como si la reconociera desde su nacimiento. Una voz que podía ser comparable a la voz de una madre, o de un padre; Una voz que oyes durante toda tu vida. Sin embargo aquella voz era la primera vez que la oía. Era la voz de un dios.

–Suficientes inconvenientes tenemos ya –dijo aquella deidad–, como para que simples mortales vengan aqui a hablarnos de paz-hizo una pausa–. Paz... Hubo algo parecido hace mucho tiempo.

El cuerpo de Honoo se elevó lentamente, hasta estar a la misma altura que los ojos de la estatua más alta. Su cuerpo se movió hasta justo estar frente a esa estatua.

–Dime, mortal, con tu máxima sinceridad… Un dios siempre sabrá si mientes, y si lo haces no recibirás por su parte el trato más agradable, por lo que, seme sincero… –volvió a hacer una pausa. El brillo de los ojos se volvió rojo–. ¿Por qué los mortales os empeñáis en buscar la paz por vosotros mismos, y no nos dejáis ese trabajo a los dioses? Hemos despertado, tras mucho tiempo, y debemos ocupar el lugar que nuestro titán nos concedió. La paz es algo imposible, y un sueño estúpido que los mortales como tú tenéis en mente… La paz es solo algo que los dioses podrían conseguir, y ni nosotros mismos somos capaces de ello…

Su mirada penetró hasta causar un intenso dolor al finlywe. Recorría su interior, sus recuerdos, sus pensamientos.

–¿Poder…? ¿Para qué quieres tú poder? ¿Qué harías tú con tanto poder? –soltó una carcajada–. Sin embargo, mortal… Te daré algo. Algo que quizás te sea útil en algún momento… –sobre el pecho de Honoo, apareció un colgante. Logró atraparlo antes de que éste resbalase y cayera al vacío, pues él aun se hallaba flotando a la altura de los ojos de la estatua–. Ahora, déjame en paz. No quiero que me molesten más los absurdos palabreríos de un loco de atar, de tantos.

Aquel colgante permaneció en las manos de Honoo, quien cayó al suelo precipitadamente, aunque frenando su caída curiosamente. Aquello fue todo muy confuso. Sin embargo la deidad le había entregado algo. Era un colgante, un simple colgante; Pero viniendo de un dios probablemente tendría “algo” de especial. Probablemente lo descubriría en el momento más oportuno.

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Honoo

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MensajeTema: Re: Las súplicas del dragón (Privado)   Mar Jun 28, 2011 10:31 am

Vi como las antorchas se apagaron repentinamente, escuché los ruidos de los guardias golpeando la puerta, que se había cerrado sola. Me encontré iluminado por los ojos de la estatua, asustado, me levanté, no sabía lo que estaba ocurriendo.

Escuché una voz, no llegué a asustarme del todo, aunque aquella voz era imponente y sobrenatural, sobrecogedora, sí me asusté realmente cuando noté que mis pies dejaban de tocar el suelo, levantándome hasta los ojos de la mayor de las estatuas. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba hablando con un verdadero dios…

Los ojos de la estatua se tornaron rojos, y me preguntaron. No respondí, el miedo me atenazaba, pero en mi mente si era capaz de hablar.

Porque estas tierras también son nuestras, porque en el momento en el que nos creasteis también fuimos dueños de ellas, nosotros y hasta el último de los insectos. Un dios no tiene la misma medida de tiempo que un mortal, al igual que un humano no lo tiene igual que un enano. Vosotros tenéis tiempo, nosotros vemos como desde que nacemos hasta que morimos no ha cambiado nada, es por eso que queremos producir el cambio, porque nuestra vida no es nada comparada con la vuestra, porque la vida de un mortal es un suspiro comparada con la de un dios, queremos el cambio igual que vosotros, pero nosotros no podemos esperar, ya que si lo hacemos solo nos queda esperar nuestra propia muerte, no podemos dejar el tiempo correr… Pues nuestras vidas acabarían sin que pudiéramos apreciar ningún cambio en el mundo… Pensé

Sentí como el dolor recorría mi cuerpo, explorándolo, viéndolo todo en mi, mi pasado, mi presente y puede que incluso mi futuro.

El dios me ofreció un colgante, el cuál cogí sin dudarlo, un regalo de los dioses, más de lo que esperaba encontrar en mi visita al templo.

Caí al vacío, caí a plomo, pensaba que iba a morir. Notaba el aire al atravesarlo, dirigiéndome al suelo, directo contra él, pero en el último momento algo me frenó, como un colchón de aire, que me dejó en el suelo, pero caí sobre mi trasero, mirando las 2 estatuas, la “pequeña” y la colosal. Sus ojos ya no estaban iluminados, volvían a ser estatuas normales, exquisitas, pero normales. Me levanté a toda prisa, saltándome la pequeña barrera, tocando la estatua, en un intento de que siguiera hablando.

¡Espera! ¿Qué es este colgante? ¿Para que me servirá? Pregunté a la estatua. No hubo respuesta alguna.

Los guardias golpeaban aún la puerta intentando entrar. Guardé el colgante dentro de mi kimono, en un bolsillo interior que se hallaba en el pecho. Sería mejor que no supiesen nada de lo que había ocurrido. Me acerqué a la puerta, estaba cerrada a cal y canto, protegida por todos los cerrojos que tenía, nos abrí, abriendo la puerta totalmente.

-Ufff..., vaya viento se ha levantado de golpe Dije nada más abrir la puerta Miren, hasta las antorchas se han apagado…

Los soldados miraron como decía la verdad, todas las antorchas estaban apagadas, y estaban demasiado altas como para que yo fuera el autor. Mis ojos estaban rojos de haber llorado, y tenía el pelo un poco revuelto.
-Creo que debería abandonar ya el templo Dijo uno de los guardias.

-Eso mismo iba a hacer Dije mientras salía de este, desatando del poste al caballo, no era el que solía usar, era uno comprado solamente para Nivemba, mi potro, aún siendo puro fuego, no habría podido resistir el frío de aquellos parajes.

Me monté en el caballo y me marché de allí, cuando estuve suficientemente lejos para que los guardias no me vieran saqué el colgante de mi bolsillo, mirándolo asombrado, cautivado por él.

Decidí ponérmelo al cuello, por encima de mi kimono, luciéndolo y mirándolo constantemente y no era para menos, era el regalo de un dios…
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Mitholdir

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MensajeTema: Re: Las súplicas del dragón (Privado)   Sáb Mar 25, 2017 11:06 am

Sin embargo, al parecer nunca funciono. Y es que aquel colgante en realidad había sido creado en un país muy lejano llamado china. El dios, le había ofrecido algo de mala calidad, algo que carecía de función alguna. E hizo eso porque había estado recibiendo multitud de peticiones los dias anteriores, y estaba cansado…. Cansado de escuchar las mismas suplicas, las mismas palabras. El dios, había sido un troll. Uno de los grandes, de esos cuya familia es recordada por las víctimas, especialmente la madre.

- Lo lamento caballero. ¡No sé cómo caíste! –decía el dios, que ahora hablaba en soledad en el templo.

La víctima se había marchado años atrás, pero el dios continuaba por ahí merodeando, riéndose todavía de la gracia que había cometido. Y es que el dios tenía mucho tiempo.









Lo siento, no he podido evitarlo al leerlo. xD
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