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 Cómo hacer la gracia y no morir en el intento [Solo Cofradía]

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Ratatösk

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MensajeTema: Cómo hacer la gracia y no morir en el intento [Solo Cofradía]   Dom Dic 18, 2011 3:05 pm

En una habitación cercana a la sala principal de la academia, reviso mi equipo. Una cuerda considerablemente larga, pues necesitaré moverme en vertical. Un sistema en el cinturón para frenar el movimiento vertical, ya que no me puedo permitir el más mínimo error de cálculo. Un par de ganchos para las manos, para poder llegar a lugares normalmente inaccesibles. La nota a entregar, elemento prioritario del plan. Y por último, una muestra de mi sustancia adhesiva de pegar papeles, no tengo tiempo de ir atando cosas. Todo preparado y listo para usarse. Escucho a través de la puerta vieja de la habitación, y no escucho nada. Ni el más mínimo movimiento.

Llevo días preparando esto, entre orden y orden a los sirvientes no-muertos del Lord. Será una maravillosa muestra de mis habilidades de sigilo e infiltración. Tengo que ser rápido, sigiloso e imperceptible, cual sombra en la noche oscura. Será un acto de precisión medida al milímetro. Me ajusto el cinturón, me echo la cuerda al hombro, guardo el papel en un bolsillo y el frasco de sustancia adhesiva en otro, ambos bolsillos convenientemente cerrados tras llenarlos. Ajusto los ganchos a las muñecas y coloco los dedos en las anillas. Me aseguro de que no hagan ningún tipo de ruido al moverse mediante unas gotas de lubricante para mecanismos. Ni el más mínimo chirrido. Finalmente, me recojo el pelo en la típica coleta y salgo despacio de la habitación pobremente amueblada.

Nadie en el pasillo. Mi plan es claro al respecto, tengo que acceder por los pisos superiores. Tomar las escaleras sería demasiado arriesgado, teniendo en cuenta la vigilancia. No tendría ningún problema si me vieran, técnicamente vivo aquí, pero una vez me propongo no ser visto, al menos tengo que intentarlo. Extiendo las garras metálicas y pruebo a engancharme a las paredes de piedra valiéndome de salientes. Perfecto agarre. Escalo lentamente, procurando no hacer ruido. Un esqueleto armado con una espada vieja pasa justo por debajo de mí cuando voy a mitad de camino. Aguanto la respiración hasta que desaparece en la siguiente esquina y sigo mi camino. No me cuesta mucho alcanzar la barandilla de piedra desgastada del piso superior del pasillo, a partir del cual avanzo agachado hasta los balcones que dan a la sala principal. Primera parte del plan completada.

Siguiente punto, llegar hasta el trono. Tras comprobar que no hay nadie en el piso superior, voy girando alrededor de la estancia hasta que encuentro una columna ubicada convenientemente para mi misión. Me pego a ella y giro hasta quedar sobre el vacío. Si me caigo ahora, será difícil que no me encuentren. Sobe todo porque caeré enfrente de sus narices. Y espero que no miren hacia arriba. Las sombras que se forman en el techo ayudarán. Escalo la columna por la parte que de al interior, y me encaramo a una de las muchas vigas que soportan la estructura. Una piedra de pequeño tamaño se desliza de la superficie de la viga al movimiento de mi gabardina. Me pego a la superficie de madera hasta que los esqueletos de alrededor del trono dejan de mirar a su alrededor. Pensarán que ha sido un cuervo. Menos mal que los cuervos suelen quedarse fuera.

Una vez me encuentro en una intersección de vigas, cruzo a la siguiente hasta estar ubicado justo sobre el trono. Es la hora de la cuerda. Realizo un nudo que me permita bajar correctamente sin riesgo de que se suelte, cosa que no sería muy agradable. Una vez asegurado, introduzco parte de la cuerda por el cacharro del cinturón, el cual también aseguro. No puedo permitirme errores. Terminadas las comprobaciones, engancho la cuerda a otro añadido del cinturón y me descuelgo lentamente. Bajo, bajo un poco más, cada vez más cerca del objetivo. Hasta que llega un momento en el que me encuentro a escasos metros sobre el casco negro del Lord. No entiendo su manía de dormir en el trono, debe de ser muy incómodo si está hecho de piedra y metal.

La tensión puede cortarse con un cuchillo. Todos los sirvientes no-muertos que rodean el trono están de espaldas a mí. Si unos de ellos se da la vuelta... Tendré que darme prisa. Abro ambos bolsillos y extraigo su contenido. ¡Qué difícil es maniobrar colgado boca abajo de una viga! ¿Quién se lo habría imaginado? Aplico la solución adhesiva sobre uno de los bordes de la nota, y la aproximo al casco. Si las cosas salen bien, no me hará falta ni hacer presión, acción bastante peligrosa en una situación como esta. Y, efectivamente, la nota queda adherida al casco, a la altura de la frente, sin ninguna dificultad. Segundo punto del plan completado.

Y ahora, la parte más difícil. Salir de aquí sin ser visto. Si me descubren ahora, todo esto no habrá servido para nada. Empiezo a recoger cuerda, valiéndome del sistema del cinturón para no perder agarre, y asciendo poco a poco, no dejando trozo de cuerda por debajo de mí. Una vez arriba, vuelvo a echarme la cuerda al hombro y la suelto del cinturón. Épicamente perfecto. Hacía tiempo que no hacía nada tan emocionante. Ahora, si no me equivoco... podría alcanzar aquel orificio de allí sin mucha dificultad. Avanzo por la viga hasta donde estaba, y me vuelvo a enganchar con las garras a la pared. Me cuelgo de un saliente y avanzo hasta el orificio, una ventana pequeña que sobresale del techo inclinado de la academia. Salgo al exterior.

Soy un maldito profesional. Ahora que estoy fuera, solo tengo que llegar al suelo. Fijo la cuerda al primer saliente que me encuentro tras comprobar si es resistente, y bajo hasta llegar a un nivel inferior de tejado, donde mediante un movimiento ondulante desato el nudo de forma remota y vuelvo a repetir el proceso un par de veces más hasta caer sigilosamente en unos arbustos. Precisamente, en los arbustos en los que escondí mis cosas importantes el día anterior, antes de emprender la misión. Guardo en la mochila la cuerda, la solución adhesiva, el cinturón y las garras, me la echo a la espalda, y me pongo a andar como si nada. Los no-muertos no suelen patrullar el exterior.

¿Y ahora? No me vendrían mal unas vacaciones. La Cofradía puede arreglárselas sin mí un tiempo. ¡Y ya verás que gracia cuando Lord Astaroth se despierte y vea que tiene una nota pegada en la frente! Me habría gustado quedarme a ver su cara, pero es ilógico después de todo el esfuerzo que me ha llevado conseguirlo. Aun recuerdo lo que ponía en la nota...

"Astaroth:

Si estás leyendo esto, quiere decir que ya no me encuentro en la Academia. Posiblemente me encuentre lejos, quien sabe si buscando un barco para cruzar el mar. Claro que recuerdo todas las cosas que tenemos que hacer, pero seguro que podéis encargaros sin mí. Sinceramente, necesitaba unas vacaciones cuanto antes, así que me he permitido el lujo de tomármelas sin preguntar. Tengo importantes asuntos personales que atender. Si tus guardias no se han dado cuenta de mi presencia, tendrías por bien el darle un buen repaso a sus encantamientos sensitivos.

Atte. tu sigiloso compañero y hamijo, Ratatösk"


Estoy seguro de que le encantará. Y ahora, ¡la aventura me espera!
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Astaroth Grimblade

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MensajeTema: Re: Cómo hacer la gracia y no morir en el intento [Solo Cofradía]   Lun Dic 19, 2011 4:05 pm

Lord Astaroth despertó de su pesado sueño meditativo, aún sentado en el trono. Llevaban ya mucho tiempo instalados en la academia, y había tenido tiempo para rumiar sus planes. Pero el Señor de los Cuervos era meticuloso, y aun seguía dando vueltas a sus maquinaciones.

Notó que algo no cuadraba nada más abrir sus fríos ojos rojos. Era por cómo lo miraban sus sirvientes no muertos. Esa mirada vacía que proyectaban sus cuencas oculares vacías desde sus rostros óseos e inexpresivos. Alguien cuerdo o normal no hubiera detectado ni una sola anomalía en la faz de los secos y polvorientos sirvientes condenados. Pero un nigromante podría saber hasta el mínimo detalle de cada pulgada de cada uno de sus cadáveres. Y el Señor de los Cuervos era un buen nigromante.

Lo miraban, en sentido figurado, evidentemente, con cierta inquietud y preocupación. En sus mentes fantasmales había cierto anhelo por transmitirle una información que no sabían si sería recomendable transmitir. Aunque claro, dado que los esqueletos no tienen rostro, ni ojos, ni ya puestos, mente, todo aquello no era si no la representación fantasmal de lo que hubieran sentido en vida. Una pantomima fantasmal macabra en la que representaban sombríamente lo que un día fueron.

Siempre le había parecido curioso. A simple vista se observaba claramente que las viejas cuencas de sus rostros estaban vacías y llanas. Pero, cuando él los miraba fijamente durante el tiempo necesario (poco, pues siendo él su creador y superándolos ampliamente en poder, su resistencia era mínima) se podía observar que aquellos agujeros en la superficie de sus óseos rostros eran, realmente, unos pozos de vacío y tinieblas. Si escrutaba de forma más tenaz, meticulosa y despiadada en aquel vacío, podía llegar a ver dos lucecitas mortecinas y titilantes, del tamaño de un grano de arena, que arrojaban la lúgubre luz de las estrellas que agonizan en la oscuridad del infinito vacío.

Observó su situación y, así, supo que le miraban a la frente.

Se llevó rápidamente la mano al casco y despegó el trozo de pergamino que tenía adherido. Supo que era cosa de Ratatösk desde el primer momento, antes de leerlo. Se dispuso a analizar la pequeña muestra de familiar literatura, sumido en sus pensamientos, mientras uno de los sirvientes no muertos que acostumbraba a servirle su vino en la copa y la bandeja de plata se apresuraba a aproximarse a él con su paño húmedo para pulir rápidamente su reluciente casco negro, eliminando todo resto de viscosidad adhesiva de su superficie.
Suspiró levemente, molesto. No era costumbre que Lord Astaroth mostrase sus sentimientos, y mucho menos que los sintiera. No acostumbraba a sentir terribles arrebatos de románticas cataratas de apasionados sentimientos cómo ira o furia o amor, si bien quien lo había visto enfadado no había tenido oportunidad de contarlo, al menos en esa misma vida. Pero cuando se está tan cerca de la muerte durante tantas vidas tan largas, uno aprende a ser mesurado. En ese mismo momento, se sentía molesto. Ligeramente contrariado, quizás, pero no furioso. Nada que no se pudiera arreglar o aceptar, si bien Lord Ratatösk rara vez hacía gala de un sentido del humor comprensible o de buen gusto, no era nada a lo que no estuviera ya acostumbrado tras tantas existencias a su lado.

Se volvió a acomodar en su trono. Pensó unos segundos en que hacer. Cuando finalmente se hubo decidido, extendió la mano al frente, cual cetrero que espera el retorno de su ave de presa.

-Hrafn.-dijo en voz clara, pesada cómo el sonido de las losas de mármol al caer.

Una miríada de cuervos se introdujo en la sala del trono y revoloteó cual nube negra y grogojeante. Se situaron en las grandes vidrieras siniestras, donde habían anidado varios. Aquella era la corte del Señor de los Cuervos.

Hunnin y Munnin seguían posados en sus respectivos lugares sobre el respaldo del trono de Lord Astaroth, inmutables, grandes y majestuosos, reyes de aquellas nobles y sombrías criaturas. Uno de ellos se fue a posar sobre el brazo estirado. Con la cabeza ligeramente agachada para poder mirar al hombre.

-¿Me habéis hecho llamar, señor?- inquirió el cuervo, con voz aguda y graznante, muy propia de los de su especie.

-Así es, mi leal servidor. Tengo un cometido para vos.

-Decid pues, lærerkråker, qué misión me encomendáis.

-Deberéis ir en pos de Lord Ratatösk, seguirle y hacer de mi representante ante quién se encuentre y sea menester. Así, a través de tus ojos, podré yo seguir sus pasos y mantenerle a salvo y en el camino del buen hacer para con la correcta consecución de nuestra magna empresa. ¿Habéis comprendido vuestra misión?

-Sin lugar a dudas, mi señor. Juro por los tiempos por venir y que ya marcharon que cumpliré consecuentemente con la tarea que vos me habéis encomendado.

-Perfecto, mi fiel amigo. Me congratulan tus palabras.-dijo Astaroth, tras escuchar la promesa de su súbdito. Estaba perfectamente familiarizado con los extraños juramentos de los cuervos. Eran criaturas tremendamente sabias e inteligentes.- Deberéis partir raudo para encontrarlo, mas tened a bien demoraros, pues tengo algo que daros para él. Pergamino, pluma, tinta e hilo, por favor.

El esqueleto de la bandeja marchó rápidamente en busca del material exigido por el Señor de los Cuervos.

-¿Puedo hacer una pregunta, lærerkråker, quizás irrelevante para la consecución de mi misión, pero que aun así mi curiosidad me exige responder?

-Inquirid, amigo, pues nada debo yo ocultaros para con tu tarea.- contestó Lord Astaroth, sabedor de que los cuervos eran criaturas inquietas por naturaleza.

-¿Por qué razón marchó Lord Ratatösk?

-"Vacaciones". O eso dice su nota. No se las puedo negar, mas no hay real descanso para aquellos que se han comprometido al noble mester de salvaguardar lo real. Por ello os envío a vos, mi buen amigo.
Llegó de nuevo el esqueleto, portando en su bandeja de plata el material requerido por su señor, tendiéndoselo.


Allí mismo, Lord Astaroth redactó una carta y la ató a la pata de Hrafn.

-No olvidéis hacer entrega a Lord Ratatösk de este mensaje, buen amigo. Ahora volad raudo, y que la tormenta y los helados vientos hagan más prestas tus alas que los malos presagios.

Y, lanzando un potente graznido, Hrafn alzó el vuelo, majestuoso, y abandonó la sala del trono.

Durante unos instantes meditó Astaroth lo que debía hacer a continuación.

-Haced llamar a Lord Llanowar.


((CONTINUA EN LA SALA DEL TRONO))
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